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El cristo de la calavera - Gustavo Adolfo Bécquer

I

El rey de Castilla marchaba a la guerra de moros, y para combatir con los enemigos de la religión había apellidado en son de guerra a todo lo más florido de la nobleza de sus reinos.

Sobre aquel revuelto océano de cantares de guerra, rumor de martillos que golpeaban los yunques, chirridos de limas que mordían el acero, piafar de corceles, voces descompuestas, risas inextinguibles, gritos desaforados, notas destempladas, juramentos y sonidos extraños y discordes, flotaban a intervalos, como un soplo de brisa armoniosa, los lejanos acordes de la música del sarao.

Éste, que tenía lugar en los salones que formaban el segundo cuerpo del alcázar, ofrecía a su vez un cuadro, si no tan fantástico, y caprichoso, más deslumbrador y magnífico.

El cristo de la calavera. Gustavo Adolfo Bécquer. Norogaca
Pero entre esta juventud brillante y deslumbradora, que los ancianos miraban desfilar con una sonrisa de gozo, sentados en los altos sitiales de alerce que rodeaban el estrado real, llamaba la atención, por su belleza incomparable, una mujer aclamada reina de la hermosura en todos los torneos y las cortes de amor de la época, cuyos colores habían adoptado por emblema los caballeros más valientes; cuyos encantos eran asunto de las copias de los trovadores más versados en la ciencia del gay saber; a la que se volvían con asombro todas las miradas; por la que suspiraban en secreto todos los corazones; alrededor de la cual se veían agruparse con afán, como vasallos humildes en torno de su señora, los más ilustres vástagos de la nobleza toledana, reunida en el sarao de aquella noche.

Los que asistían de contínuo a formar el séquito de presuntos galanes de doña Inés de Tordesillas, que tal era el nombre de esta celebrada hermosura, a pesar de su carácter altivo y desdeñoso, no desmayaban jamás en sus pretensiones; y éste, animado con una sonrisa que había creído adivinar en sus labios; aquél, con una mirada benévola que juzgaba haber sorprendido en sus ojos; el otro, con una palabra lisonjera, un ligerísimo favor o una promesa remota, cada cual esperaba en silencio ser el preferido. Sin embargo, entre todos ellos había dos que más particularmente se distinguían por su asiduidad y rendimiento, dos que al parecer, si no los predilectos de la hermosa, podrían calificarse de los más adelantados en el camino de su corazón. Estos dos caballeros, iguales en cuna, valor y nobles prendas, servidores de un mismo rey y pretendientes de una misma dama, llamábanse Alonso de Carrillo el uno, y el otro Lope de Sandoval.

Tres fechas - Gustavo Adolfo Bécquer

Hay en Toledo una calle estrecha, torcida y oscura, que guarda tan fielmente la huella de las cien generaciones que en ella han habitado; que habla con tanta elocuencia a los ojos del artista, y le revela tantos secretos puntos de afinidad entre las ideas y las costumbres de cada siglo, con la forma y el carácter especial impreso en sus obras más insignificantes, que yo cerraría sus entradas con una barrera, y pondría sobre la barrera un tarjetón con este letrero:

“En nombre de los poetas y de los artistas, en nombre de los que sueñan y de los que estudian, se prohíbe a la civilización que toque a uno solo de estos ladrillos con su mano demoledora y prosaica.”


Cuando por primera vez fuí a Toledo, mientras me ocupé de sacar algunos apuntes de San Juan de los Reyes, tenía precisión de atravesarla todas las tardes para dirigirme al convento desde la posada con honores de fonda en que me había hospedado.

Casi siempre la atravesaba de un extremo a otro, sin encontrar en ella a una sola persona, sin que turbase su profundo silencio otro ruido que el ruido de mis pasos. Algunas veces me parecía cruzar por en medio de una ciudad desierta, abandonada por sus habitantes desde una época remota.

Una tarde, sin embargo, al pasar frente a un caserón antiquísimo y oscuro, me fijé casualmente en una de las ventanas. Ya de por sí era digna de llamar la atención por su caracter, pero lo que más poderosamente contribuyó a que me fijase en ella, fue notar que al mirarla, las cortinillas de tela ligera y transparente se habían levantado un momento para volver a caer, ocultando a mis ojos la persona que sin duda me miraba en aquel instante.

Gustavo Adolfo Bécquer

Después de algún tiempo, por fin hemos logrado encontrar y ordenar la suficiente información para poder hacer una entrada de este célebre personaje que casi todo el mundo conoce o ha leído alguna leyenda Nos hicieron una petición vía Twitter, y lo prometido es deuda.

Nació en Sevilla un 17 de Febrero de 1836. Su nombre real era Gustavo Adolfo Domínguez Bastida, pero todos lo conocemos por Gustavo Adolfo Bécquer. Su padre, el pintor José Domínguez Insausti, descendía de una familia noble de comerciantes de origen flamenco, Los Bécquer, familia con tanto prestigio que poseía, desde 1622, capilla y sepultura propia en la catedral. Era por eso por lo que firmaba con Bécquer como su primer apellido, y sus hijos, Valeriano y Gustavo Adolfo también. Su madre era Joaquina Bastida Vargas.

El 26 de enero de 1841, a punto de cumplir los cinco años, se queda huérfano de padre. En 1846, ingresa en el Colegio de San Telmo de Sevilla, una institución mixta en la que se acogía a huérfanos de cierto nivel. En este colegio conoce a Francisco Rodríguez Zapata, discípulo del poeta Alberto Lista, así como a su compañero y amigo Narciso Campillo. Al año siguiente, el 27 de febrero de 1847, fallece su madre, y él y su hermano son adoptados por su tía María Bastida y por Juan de Bargas, situación por la que se unen más el uno al otro.

Poco después, se cerró el colegio y decidió irse a vivir con su madrina, Manuela Monnehay Moreno, joven acomodada y con interés por la literatura. En su mediana biblioteca, empezó la afición por la lectura de Gustavo Adolfo. Se inició en la pintura en el taller de Antonio Cabral Bejarano y, más tarde, en el de su tío Joaquín Domínguez Bécquer, el cual le animó al estudio, e incluso le pagó los de Latín y le dijo la siguiente frase: 
"Tú no serás nunca un buen pintor, sino un mal literato."
Tras escribir en algunas revistas (El trono y la nobleza en Madrid, La Aurora y El Porvenir en Sevilla), en 1854, se va a Madrid con la ilusión de triunfar en la literatura, pero no puede más que sobrevivir en un ambiente bohemio en el que, para ganar algo de dinero, tiene que escribir, junto con Julio Nombela y Luis García Luna, comedias y zarzuelas como La novia y el pantalón, o La venta encantada. Estas obras las escribe en 1856, y bajo el pseudónimo de Gustavo García. En ese mismo año es cuando decide viajar a Toledo con su hermano. Para él, Toledo era un lugar en el que buscar la inspiración, un lugar de amor y peregrinación en el que podría apoyarse para escribir su futuro libro "Historia de los templos de España".

En 1857, apareció la tuberculosis, enfermedad que más tarde le llevaría a la tumba. Primero, trabajó en la Dirección de Bienes Nacionales, pero perdió el puesto porque le vieron dibujando. En ese mismo año, empezó el proyecto del libro "Historia de los templos de España", donde pretende unir el pensamiento religioso, la arquitectura y la historia: "La tradición religiosa es el eje de diamante sobre el que gira nuestro pasado. Estudiar el templo, manifestación visible de la primera, para hacer en un sólo libro la síntesis del segundo: he aquí nuestro propósito", del que solo salió el primer tomo con ilustraciones de Valeriano.

En 1858, empieza a cortejar a Josefina Espín, pero pronto se enamora de su hermana, Julia Espín, y escribe sus primeras rimas, como "Tu pupila es azul". A Julia no le gustaba la vida bohemia del escritor, y tenía aspiraciones más altas. Los dos años siguientes, convirtió a una dama de rumbo y manejo en su amante, pero ella, Elisa Guillén, lo abandonó. Finalmente, el 19 de mayo de 1861, se casó con Casta Esteban y Navarro, con la que tuvo tres hijos.

En 1860, se funda el diario El Contemporaneo, siendo redactor su gran amigo Rodríguez Correa, que consigue un puesto para que Bécquer escriba sobre política y literatura, gracias al que sobreviven él y Casta. En 1862, tienen su primer hijo, Gregorio Gustavo Adolfo, y se ve obligado a escribir más para poder mantener a su familia. Es así como nacen varias de sus obras.

En 1863, sufrió una dura recaída debido a su enfermedad, pero pudo reponerse para volver a Sevilla con su familia. Su amigo y mecenas González Bravo, le nombra censor en 1864 hasta que, en 1867, tiene su segundo hijo, Jorge.

El año 1868 fue un año muy malo para él, ya que vuelve al cargo de censor y Casta le es infiel y, para colmo, su libro de poemas desaparece en los disturbios revolucionarios. Así pues, decide marchar de nuevo a Toledo, esta vez, huyendo, aunque por poco tiempo. En diciembre, para terminar con el mal año, nace su tercer hijo, fruto de la infidelidad, Emilio Eusebio. Casta y Valeriano discuten continuamente, debido a que ella no soporta su carácter y su constante presencia en casa. No obstante, los esposos se seguían escribiendo. Es por esta razón que Gustavo Adolfo Bécquer decide pasar otra temporada en Toledo, ciudad que parece ser la única que le ayuda a superar sus tragedias.

En 1870, sale hacia Madrid con el fin de dirigir La ilustración de Madrid, que funda Eduardo Gasset, y en la que trabaja Valeriano como dibujante. En septiembre de ese mismo año, fallece Valeriano, y Gustavo se queda hundido en una profunda tristeza. En noviembre, le nombran director de la publicación El entreacto, que sólo publica la primera parte de un inconcluso relato

El 22 de diciembre de 1870, coincidiendo con un eclipse total de sol, muere Gustavo Adolfo Bécquer, quizás víctima de un enfriamiento invernal. Cuando estaba a punto de morir, le pidió a su amigo Augusto Ferrán que quemase sus cartas ya que él piensa que serían su deshonra y que publicara sus versos:
"Si es posible, publicad mis versos. Tengo el presentimiento de que muerto seré más y mejor conocido que vivo". 
También pidió que cuidaran de sus hijos. Lo último que pronunció fue:
"Todo mortal"
En 1871, Ferrán y Correa publica su obra en dos volúmenes, y en las siguientes ediciones se fueron añadiendo escritos.

Bécquer y Toledo
Bécquer vino a Toledo por primera vez con el doble objetivo de inspirarse para su "Historia de los templos de España", y conseguir que su hermano Valeriano le prestara algún dinero para hacer posible el proyecto. Del proyecto, sólo se consiguió que saliera el primer tomo, "Templos de Toledo", y el dinero no dio para más. Sin embargo, su visita no fue en vano, ya que quedó prendado de esta ciudad, e inspiró una gran parte de su obra. Él pensaba que la historia no sólo se escribe con datos, sino que también es necesario conocer las creencias de la gente, sus pensamientos, las leyendas, los amores... ya que todo esto es lo que estructura nuestro alma.

En 1911, la ciudad decidió dedicar a los hermanos Bécquer la conocida calle de la lechuga, en base a unos informes dados por el entonces director del Instituto de la Edad Media, Ventura Reyes, que decían que los hermanos habían vivido en la casa nº 9 de esta misma calle, junto a la casa de Ventura.


Según investigaciones más recientes de V. Benito, la estancia en esa casa, de haber ocurrido, hubiera sido breve, dado que en esa casa se admitían huéspedes.


En la que sí vivieron los hermanos por un tiempo más prolongado fue en la calle de San Ildefonso, en una casa en la que todavía vive el laurel que el mismo Gustavo plantó, y en la que había un brocal árabe pintado por su hermano Valeriano, que actualmente está en el Victoria and Albert Museum de Londres.

Se dice que Bécquer, debido a que le gustaban mucho las salidas por el Toledo nocturno, muchas veces se veía con la puerta cerrada y, por tanto, tenía que saltar el muro a altas horas de la noche para poder acceder a su casa.

Por último, aquí os dejo una de las famosas leyendas de Bécquer, para que quede constancia del cariño que le tenía a la ciudad de Toledo, que para él era fuente de inspiración, y que le deja marcado en sus tres últimas visitas.

Las Tres Fechas

En uno de sus caminos habituales por la ciudad de Toledo, el poeta se encamina desde su casa hasta San Juan de los Reyes, para allí realizar alguno de sus bocetos, con el fin de venderlos. En una noble ventana, de un antiguo palacio, cree ver a una joven, de la que sin apenas conocer sus facciones, no puede evitar quedar prendado. Varios días son los que pasa por la ventana, y siempre ver aquella imagen, pero pronto, ha de marchar a Madrid, no sin antes, apuntar la primera fecha.

Al tiempo, vuelve a Toledo, pero al realizar los mismos recorridos que antes hacía, descubrió que donde antes había un palacio noble, ahora solo había ruinas, que las callejas que antes eran deliciosas para sus paseos, ahora están llenas de escombros, que los azulejos moriscos yacen bajo el musgo, y lo que antes era belleza, ahora es desolación. El poeta regresa sobre sus pasos y descubre una plaza, enmarcada entre tapias de un viejo convento, y allí decide abrir sus carpetas para plasmar en sus dibujos la vida monástica. Entonces, es cuando le sorprende una blanca mano, con un pañuelo bordado que le saluda, y en la que reconoce a la misma joven de la ventana. Otra vez vuelve a apuntar la fecha. Muchos días vuelve al mismo sitio, aunque ya casi no abre sus carpetas, pues espera poder volver a ver la mano de su amada. Poco después tiene que irse a Madrid.

Al cabo de un año, el poeta regresa otra vez a Toledo. Algo le hace volver. Quizás ese amor dormido, ese sueño, esas dos fechas escritas en su carpeta y también, ¿por qué no? el regusto por encontrar en el pasado lo que no se consigue en el presente. Esa ciudad de Toledo.

En realidad no sigue ningún camino, sino que solo pretende perderse por las callejuelas de Toledo, pero sin darse cuenta, acaba en el convento donde vio por última vez esa mano. Esta vez estaba abierto, y de su interior salían cantos religiosos y olor a incienso.

Bécquer se decidió preguntar qué es lo que pasaba, y los curiosos le dijeron que era una toma de hábito. Al parecer, una joven, hija de familia acomodada, tras perder a sus padres y quedar totalmente sola en el mundo, tras un año de estancia en el convento, renunciaba totalmente al mundo para consagrarse a Dios.

Entró en el templo, y pudo ver como la rubia cabellera de la novicia era cortada en señal de renuncia, y sin poder contemplar su rostro emocionado, su corazón le dijo que era su amada.

Esta fue la tercera fecha, que no anotó, pero quedó más grabada que las dos anteriores, pues la dejó para siempre en su corazón.

Y dice la leyenda, que el poeta romántico volvió muchas noches a la vieja plaza, donde se alzan los muros conventuales, para escuchar el canto monjil de maitines, porque entre esas voces, estaban también los suspiros de su amada desconocida, que aún amaba algo del mundo... ¡que suspiraba por él!

Y este rincón, que sin cambiar su nombre, hoy es más conocido como "Plaza romántica", conserva como pocos espacios en Toledo el alma del genial poeta, los suspiros de la novicia y, sobre todo, esa inmensa paz de un amor sublime.

Fuentes:

El Ratoncito Pérez

Hoy, Google dedica su Doodle a Luis Coloma. Para quien no lo sepa aún, fue el autor del célebre cuento del Ratoncito Pérez. Por ello, me he decidido a hacer esta entrada, contando el por qué de ese cuento y la tradición que le damos actualmente. ¡Espero que os guste!
El Doodle de Google dedicado a Luis Coloma
El primer documento escrito en el que aparece el Ratón Pérez como referente y protagonista fue escrito y publicado en 1902 por Luis Coloma.

El Padre Coloma, a los 24 años.
Luis Coloma nació en Jerez de la Frontera (Cádiz), el 9 de Enero de 1851. A los 12 años entró como alumno de la escuela Naval de San Fernando pero lo dejó para estudiar Derecho en la Universidad de Sevilla. Gran aficionado a las letras, se trasladó a Madrid pero nunca ejerció como abogado, sino que se dedicó a colaborar en distintos periódicos defendiendo la Restauración de los Borbones. Una grave herida en el pecho, en 1872, mientras limpiaba un revólver afianzó su decisión de dedicarse al sacerdocio. Fue entonces cuando marchó a Francia y se hizo jesuita, compaginando sus labores como Consejero Espiritual de la Corona y miembro de la Real Academia de la Lengua (1908). En 1877, vuelve a España para dedicarse a tareas educativas en Sevilla, Galicia, Murcia y Madrid. También continuó con el periodismo y se consagró a la literatura. Pasó del costumbrismo y los relatos cortos a la sátira social, donde su novela Pequeñeces (1891) es considerada su obra maestra.

Contribuyó con su buen hacer literario a la revaloración y difusión de los motivos y cuentos populares, afición que le contagió su querida y vieja amiga Cecilia Böhl de Faber, escritora más conocida como Fernán Caballero.

A finales del siglo XIX, desde Palacio, le pidieron al padre Coloma que escribiera un cuento a Alfonso XIII,que por entonces tenía 8 años, y se le había caído un diente. Al jesuita se le ocurrió la historia del Ratoncito Pérez, protagonizada por el rey Buby, que era como la Reina Doña María Cristina llamaba a su hijo, el futuro Alfonso XIII.
“El rey niño Buby I colocó su diente debajo de la almohada, como es costumbre hacer, y esperó impaciente la llegada del ratoncito. Ya se había dormido cuando un suave roce lo despertó.”

Ratón Pérez
Luis Coloma cita como residencia de la familia Pérez una enorme caja de galletas Huntley, en los sótanos de la famosa tienda de Carlos Prast (realmente fueron dos: una confitería y una tienda de ultramarinos), situada en el número ocho de la calle del Arenal de Madrid. El pequeño roedor se escapaba frecuentemente de su domicilio y, a través de las cañerías de la ciudad, llegaba a las habitaciones del pequeño rey Buby I (Alfonso XIII) y las de otros niños más pobres que habían perdido algún diente, despistando a los gatos, que siempre estaban al acecho.


El manuscrito autógrafo del padre Coloma, con su firma y una dedicatoria al rey Alfonso XIII, se conserva en la cámara de seguridad de la Real Biblioteca de Palacio Real.
Manuscrito original de Ratón Pérez, de Luis Coloma.
En 1911, se publica por primera vez Ratón Pérez como obra independiente. Posteriormente, llegarán las adaptaciones del cuento, como la de Perez the Mouse, realizada por Lady Moreton y publicada en 1915, en la que la autora añade al texto del Padre Coloma una breve explicación de esta costumbre de colocar los dientes bajo las almohadas e invita a los niños ingleses a hacerlo y esperar la visita del ratoncito.

En la Biblioteca Nacional hay una edición de esta misma obra realizada en Wisconsin, Estados Unidos, en 1950. También se publicó en japonés, en 1953.

Ahora los niños le dirigen cartas a su domicilio de la calle Arenal e incluso llegan a mandarle sus dientes por correo, sin perder esa gran ilusión que este ratón muy pequeño, con sombrero de paja, lentes de oro, zapatos de lienzo y una cartera roja, colocada a la espalda, siempre les ha hecho sentir. 

En la actualidad, Ratón Pérez comparte sus funciones con el hada Tooth Fairy, en los países anglosajones; La Petit Souris, en Francia; y otras formas de actuación menos conocidas, todas ellas alimentando una ilusión compartida por todo el mundo: en Italia, "Topolino" o "Topino" (Ratoncito), o "Fatina" (Hadita); en Cataluña está "L'Angelet" (El angelito); en el País Vasco, "Maritxu teilatukoa" (Mari la del tejado); etc....

En la antigua casa del ratón Pérez, actualmente, hay un museo muy bonito y dedicado a este personaje: la casa museo del Ratoncito Pérez. Juan Carlos y yo fuimos a verlo el año pasado y, la verdad es que, por muy mayor que seas, siempre te seguirá quedando ese recuerdo de los nervios que sentíamos cuando éramos niños y se nos caía un diente. Si no habéis ido aún a verlo, os aconsejo una visitilla. No se tarda más de una hora en verlo y os encantará.

Fuentes:

Los Reyes Magos: Tradición e Historia

Llevaba tiempo sin escribr nada y es que entre unas cosas y otras, tengo el tiempo consumido... Por eso, hoy saco algo de tiempo y se me ha ocurrido que, aprovechando las fechas en las que estamos (víspera de reyes), sería una buena entrada hablar de esto mismo: de la tradición de los Reyes Magos. No estoy cuestionando la existencia de los Reyes Magos, ¡porque claro que existen! La cuestión es quiénes eran realmente esos personajes que, según la tradición, llegaron a Belén con el fin de adorar al Mesías recién nacido y que, en toda España, se han convertido en los visitantes más esperados cada 6 de enero por los más pequeños de cada casa.

Hablar de los Reyes Magos es creer que hablamos de una costumbre cristiana. Sin embargo, se trata de una costumbre pagana absorbida por la Iglesia, por lo que no debe atribuirse esta tradición al hecho bíblico de la entrega de regalos que hicieron estos personajes al niño Jesús. ¿De donde procedían estos enigmáticos personajes? ¿eran realmente tres? ¿De verdad eran Reyes y, además, Magos?

Si tenemos en cuenta que apenas existen pruebas sobre la Natividad, aún menos son las que hacen referencia a los Reyes Magos. De hecho, en la Biblia, no encontramos ninguna referencia que nos permita explicar con seguridad quiénes fueron estos misteriosos personajes, a excepción del Evangelio de San Mateo, en el que se cita a los Reyes Magos:

Nacido, pues, Jesús en Belén de Judá en los días del Rey Herodes, llegaron del Oriente a Jerusalén unos magos diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer?
Mateo 2,1-2, versión Reina-Valera 1960
Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre Maria, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra”.
Mateo 2,11, versión Reina-Valera 1960
Y esto es todo, no se menciona cuántos fueron ni mucho menos que fueran Reyes. Solamente se habla de sabios o magos.

El término mago procede del griego, magoi, que significa matemático, astrónomo y astrólogo. En aquellos tiempos, la Astrología y la Astronomía no estaban separadas como hoy, ya que se creía que los designios humanos podían conocerse si se estudiaban cuidadosamente las estrellas. Si tenemos en cuenta esta traducción, así como las citas del Evangelio de San Mateo, se puede considerar a los Reyes Magos como hábiles observadores del cielo.

En cuanto al título de monarcas, hay que decir que, allá por el siglo II d.C., el teólogo y abogado cartaginés Tertuliano, basándose en el texto de Salmo Proverbio para Salomón, afirmó que los los sacerdotes astrónomos pueden ser también identificados como reyes de sus países, en este caso, de Oriente. Es con este autor latino con quien aparece la figura del rey viejo, Melchor, al que admiran muchos niños en la actualidad.. En los siglos siguientes, la visión monárquica de estos magos fue imponiéndose hasta llegar a nuestros días.

A diferencia de los magos que ya se encontraban dispersos en tierra de Israel y todo el mundo helénico, el énfasis que se emplea al decir “de Oriente”, marca un cambio de connotación: evocar a un personaje asociado con el Oriente, distinto a los sabios convencionales de Israel (los rabinos), que además conociera las profecías mesiánicas y fuera una autoridad bíblica para el lector judío, ya que se acepta a nivel general que el Evangelio de San Mateo iba destinado a los hebreos.

Hay que tener en cuenta, además, el significado que tenía el Oriente para los judíos: Babilonia. Así pues, según esto, la figura de los magos, en arameo, vendría a ser los llamados “Doctores Babilónicos de la tradición oral” que perduraría hasta bien entrado el siglo VIII d.C. en Babilonia. De este modo, estos personajes habrían sido guiados por Dios hasta el Mesías, no según la famosa estrella como hasta ahora se ha entendido, sino que esa estrella era el mismo Mesías según el lenguaje judío y midráshico contemporáneo.

Por otra parte, el número de Reyes Magos tampoco queda establecido. En distintas representaciones iconográficas realizadas en templos durante los siglos III y IV aparecen dos, tres y hasta cuatro magos. Otras fuentes cristianas (sirias y armenias) pensaron en doce Reyes al relacionarlos con las doce tribus de Israel o con los doce apóstoles. Los cristianos egipcios creían que eran sesenta. En el siglo III, el teólogo Orígenes indicó que los Reyes Magos eran tres. Al fin y al cabo son tres los regalos que se nombran en el Evangelio de San Mateo: oro, incienso y mirra. En el sirio y apócrifo Evangelio de la Infancia se dice que eran tres hijos de Reyes y además adoradores del fuego y de las estrellas lo cual al menos nos deja con cierta confianza al entender que algo sabrían de Astronomía.

¿Y de donde venían? Tradicionalmente, se considera que eran babilonios, entre otras cosas por algunos puntos en común con el pueblo judío y porque el resto de Israel estaba rodeado por el Imperio Romano. Sin embargo, muchos investigadores establecen su origen en Persia, partiendo de la base de que muchas leyendas que contiene hoy en día la Navidad, proceden de costumbres anteriores al cristianismo, como por ejemplo, la ofrenda del oro.

Algunas pinturas afianzan también esta perspectiva. Tal es el caso de una de las más conocidas, la existente en un mosaico situado en la Iglesia de San Apolinar el Nuevo, en Rávena (Italia), donde se observa a los tres reyes (ninguno de piel oscura) con una indumentaria persa compuesta por capa y gorros frigios, característicos por su punta inclinada hacia delante. Además, es aquí donde aparecen por primera vez sus nombres: Melchor, Gaspar y Baltasar. El monje benedictino Beda, en el siglo XVI, describió en un códice que el tercer rey venía de África, y no de oriente, como había sido históricamente por las Sagradas Escrituras.

Mosaico de San Apolinar Nuovo (Rávena, Italia).
En relación a la leyenda, la más difundida narra que venían de Oriente, siendo tres, e iban guiándose por una estrella que les condujo hasta Belén (la famosa estrella de Belén). Allí, encontraron al Niño Jesús recién nacido y le adoraron, ofreciéndole oro (representando su naturaleza real, como presente conferido a los reyes), incienso (representa su naturaleza divina, empleado en el culto en los altares de Dios) y mirra (un compuesto embalsamador para los muertos, representando el sufrimiento y muerte futura de Jesús). Previamente, los reyes se habían cruzado en su camino con el rey Herodes el Grande, en la ciudad de Jerusalén, quien astutamente les conminó a que, a su regreso, les diera noticia del sitio exacto donde se encontraba el niño y, de este modo, poder ir él también a adorarle. En realidad, lo que quería era darle muerte, por eso ordenó más tarde la matanza de inocentes. La historia cuenta cómo un ángel se apareció a los tres reyes magos advirtiéndoles del peligro que corría Jesús si hacían caso de la petición de Herodes. Así pues, no volvieron por el mismo camino.

Sólo por el hecho de que el relato evangélico indicara el ofrecimiento de tres dones (oro, incienso y mirra), se estipuló que eran tres los personajes los que los traían. Aunque también en algún momento las distintas tradiciones han señalado que eran cuatro, siete y hasta doce, como las doce tribus de Israel o los doce Apóstoles, como aparece mencionado más arriba.

Poco a poco, la tradición ha ido añadiendo otros detalles a modo de simbología: se les ha hecho representantes de las tres razas conocidas en la antigüedad, representantes de las tres edades del hombre y representantes de los tres continentes (Asia, África y Europa).

La llegada de los Reyes Magos es un tema tratado también en los Evangelios apócrifos (del latín “apokryphu”, que significa oculto, secreto). Según la tradición esotérica aplicada al cristianismo, estos personajes procedían del lugar donde se encontraba el Preste Juan, personaje muy popular en la Europa de los siglos XII-XVII. Se cree que fue un patriarca, sacerdote y rey cristiano que dirigía una nación cristiana aislada entre musulmanes y paganos en Oriente. Los anales escritos de este reinado consisten en colecciones de fantasía popular medieval, donde se cuenta que descendía de los tres Reyes Magos, y era un mandatario generoso y un hombre virtuoso, regiendo un territorio lleno de riquezas y extraños tesoros, donde se encontraba el Patriarcado de Santo Tomás. Además, se cuenta que su reino contenía maravillas como un espejo a través del cual podía ver todas sus provincias.

Otra leyenda cuenta que, después de la resurrección de Jesús, el apóstol Tomás los encontró en Saba, donde recibieron el bautismo y fueron consagrados obispos. Posteriormente, fueron martirizados en el año 70 y depositados en el mismo sarcófago. Los restos fueron llevados a Constantinopla por Santa Elena. Más tarde, Federico I Barbarroja, en el siglo XII, los trasladó a Colonia, donde hoy reposan con las coronas que supuestamente llevaron durante su existencia. Miles de peregrinos empezaron a llegar a Colonia, lo que propició que, en 1248, se iniciara la construcción de la catedral de Colonia, que tardarían más de 600 años en acabarla. Hoy en día, es uno de los monumentos góticos más impresionantes de Europa. Colonia se ha convertido junto con Roma y Santiago de Compostela en uno de los grandes centros de peregrinación. Allí se supone que están sus restos óseos envueltos en seda después de muchos hurtos, viajes y concesiones por distintos templos de Europa a lo largo de los siglos. 

Arqueta gótica con las supuestas reliquias de los Reyes Magos, en la Catedral de Colonia.
Igualmente, existen leyendas que hablan de un cuarto rey mago, Artabán. Se llamaría Ogamyer Otraucle en la tradición rusa, quien, según algunos testimonios, se equivocó de estrella, siguió a la que no debía, y se perdió por el camino, por lo que nunca llegó a reunirse con los otros tres Reyes Magos. Artabán era el rey mago encargado de regalar joyas al Niño Jesús. El escritor Henry Van Dyke popularizó su historia la publicar la novela "The story of the other wise man" (1896).

Con el tiempo, en países de tradición católica, se adoptó la costumbre de celebrar al mismo tiempo el día de la Epifanía y la festividad de los Reyes Magos, ambos el 6 de Enero, conjugándose así la manifestación de Jesús al mundo no judío con la fiesta de estos personajes que representaban justamente ese mundo de gentiles. Poco a poco, se fue olvidando el significado verdadero de la palabra epifanía y la convirtió en un sinónimo de adoración de los Magos.

Fuentes:

Toledo, ciudad con infinitas curiosidades IV

Llevo una semana leyendo en el periódico que hoy se celebraba algo en Toledo, un evento cultural llamado "Noche Toledana", en el cual se celebrarán actividades culturales desde las 20:00 de la tarde hasta las 02:00 de la madrugada. Es por este motivo que he decidido documentarme para contaos el por qué de esta expresión que todo el mundo utiliza de "pasar una Noche Toledana". Y es que, como todo, esto tiene su parte de leyenda, no menos curiosa que otras de esta ciudad.
Leyenda
El hecho se sitúa a finales del siglo VIII, principios del IX. Por aquellos entonces, había llegado al poder el joven Yusuf Ben Alruf. Este gobernante era conocido por su crueldad, malas artes y gusto por el sufrimiento de los suyos. Los habitantes de Tulaytulah vivían con un gran temor por si eran encarcelados o ejecutados. Fue en este momento, cuando la nobleza se rebeló contra él y decidió encarcelarlo en su alcazaba. Esto no pudo evitar que, poco después, el pueblo entrara sin apenas resistencia, y lo matara degollado en su propia celda.

Tras dos largos años, la población seguía atemorizada por las posibles represalias, y fue entonces cuando se nombró a un nuevo señor para gobernar estas tierras. Las peores expectativas se cumplieron, y el nuevo señor pasaba a ser Yusuf al Ruf, padre del anterior monarca. Todos los habitantes estaban aterrados por las consecuencias que podía acarrear el nombramiento. Pero los malos presagios que todos pensaban que llegarían, no llegaban. El monarca prometió no tomar venganza, y gobernar de manera sabia, apenado por la cruel muerte de su hijo, pero entendiendo los motivos que tenía la ciudad.

Las pesadillas atormentaban al monarca con las múltiples apariciones de su hijo clamando venganza. Dentro de él existía un debate constante que le hacía envejecer con rapidez, un debate entre ejercer un gobierno sabio, o llevar a cabo lo que su hijo tanto le pedía en sueños. Los ciudadanos habían sido sometidos durante mucho tiempo, pero habían matado con crueldad a su hijo.

Noche toledana
Yusuf al Ruf, aprovechando la celebración de los fastos que por entonces se celebraban en la ciudad en honor a Abderraman, invitó a cuatrocientos toledanos al banquete. El pueblo, con la creencia de que todo esto conduciría al tan esperado perdón, engalanaron las calles, agotaron las existencias de seda de los sastres, y no había rincón de la ciudad sin flores ni adornos.

A la entrada de la Alcazaba, los habitantes de Tulaytulah, esperaban el sonido de las trompetas triunfales que permitirían la apertura de las bisagras del palacio de Yusuf. Entraban de uno en uno, y allí encontraban a dos enormes guerreros que, ante la atemorizada mirada del joven Abderraman y la incapacidad para contemplar su propia obra de Yusuf, daban muerte a todos los invitados decapitándolos.

Al día siguiente, un reguero de sangre inundaba las callejuelas de Tulaytulah, mientras se podían contemplar cuatrocientas cabezas colgando de las almenas del palacio, colmando la sed de venganza de Yusuf, y acabando así con uno de los episodios mas cruentos de la historia toledana.

Espero que os haya gustado la leyenda y aquí os dejo el programa de actividades que se pueden realizar en Toledo esta "Noche Toledana".
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